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La luz de la información

Como sabéis quienes me seguís en muy pocas ocasiones he escrito una entrada que se saliese de los temas sobre los que gira mi blog. Pero hay casos excepcionales, ocasiones y hechos que claman al cielo y en los que mi vocación de periodista me impide quedarme callada.

Vivimos en un país amordazado. Un país en dónde quienes tienen la información prefieren quedársela para sí en lugar de hacerla pública, en dónde los encargados de informar están en muchos casos a merced de intereses privados que les impiden realizar la principal función de su trabajo, la de dar a los ciudadanos todos los datos que necesitan. Y nosotros, los de a pie, nos quedamos tan tranquilos con las migajas que nos ofrecen, creyendo que lo que sabemos es todo lo que hay.

La información es poder, quizá uno de los poderes más grandes que existen. Porque quien controla la información tiene la capacidad de infundir miedo, de mover a las masas. Y de concienciar. De aportar conocimientos que mejoren las vidas de los demás. Pero por desgracia estos últimos fines no son los más comunes.

Vivimos en la llamada era digital, en una época en la que una gran parte de la población tiene acceso a Internet y en apenas unos minutos puede buscar la información que necesita. Puede enterarse de cosas que no conocería de otro modo, y puede compartirlas con el resto del mundo. Lo primero que hizo mi marido al conocerse el tema del ébola en España fue buscar cuales son los síntomas y las formas de contagio. Y se tranquilizó. ¿Cuántos de vosotros habéis hecho lo mismo? Pero es complicado estar tranquilo cuando te bombardean con señales de alarma. Aún estoy esperando que alguien con el deber de hacerlo me diga cuales son las situaciones peligrosas que evitar, los síntomas de debo controlar, las cosas que son y las que no son ciertas.

Estoy cansada de los expertos en la materia no sean los primeros a los que se les consulte, no sean quienes dirijan o al menos coordinen las acciones. Me crispa la forma de actuar en la que se acude a toda prisa para cortar por lo sano el problema, a ver si así no se difunde demasiado. Lo mismo da si es la mejor forma de solucionarlo, lo importante es que prime el silencio. Me entristece que la información tenga que pasar el filtro de lo ‘políticamente correcto’.

Tengo derecho a conocer TODA la información. Sea buena, mala o regular. Y como periodista tengo derecho a poder darla. Tengo derecho a que quienes toman las decisiones sepan lo que se traen entre manos y que, si no lo saben, pregunten a quien se ha formado como experto.

Ayer escuché a un médico decir por televisión que la mejor vacuna contra el miedo es la información. No se me ocurre una forma mejor de explicarlo.

A todos los que sabéis, médicos, enfermeros, veterinarios (lo del pobre perro también trae tela), científicos, cualquiera con conocimientos de emergencias y epidemias; y a los que podéis transmitir estos conocimientos, periodistas y políticos con sentido común, no permitáis que la gente continúe a oscuras.

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Por una sociedad bien informada

prensa

A veces, entre cambio de pañales y poner lavadoras, me gusta leer un periódico digital o intentar ver el telediario. Y hay días en los que enterarme de cómo está el mundo me entristece y me alarma. Antes de ser madre a tiempo completo hubo una época en la que era periodista no sólo de vocación sino de profesión. A día de hoy, cuando hace demasiado tiempo que me alejé de las ruedas de prensa y del jaleo incesante de una redacción me sigo sintiendo, sigo siendo periodista, y me duele ver cómo la situación tanto económica como política de este país está acabando de forma alarmante con una gran parte de los medios de comunicación. Me fastidia enormemente escuchar que se cierran periódicos, cadenas de televisión o emisoras de radio. Y no lo digo tan sólo por todos esos compañeros que se quedan en la calle, porque desgraciadamente nuestro gremio no es el único en pasar por este trance. Lo digo por todos los demás, por el público. Porque la información busca no sólo ser siempre objetiva, veraz sino sobre todo estar al servicio de la sociedad, porque la sociedad aunque no lo sepa, aunque no sea consciente de ello, necesita saber lo que ocurre en el mundo para poder reaccionar, para poder actuar. Una sociedad sin información se encuentra perdida, a la deriva. Y, al contrario de lo que se suele decir, una sociedad en la que no existen medios de comunicación es más fácil de manipular. Porque aunque estén politizados, aunque no dejen de ser empresas al servicio de unos intereses, los medios de comunicación entendidos como un conjunto nos permiten tener una actitud crítica ante el mundo. Nos ayudan a tener una opinión, a tomar parte. Y si nos quitan eso, si nos despojan de la posibilidad de saber qué ocurre, es como si viviesemos en una burbuja en la cual sólo nos importará lo que pasa en nuestro entorno más cercano, en nuestro barrio, quizá en nuestra ciudad, y no podremos entender que existen muchos más barrios y ciudades. Nos aislaremos, dejaremos de ser una sociedad para ser individuos.

Desde aquí, desde mi humilde palestra, doy mi más sincero apoyo a todos los que se han visto obligados a dejar de informar, a los que aún lo hacen a pesar de innumerables trabas, y confío en que en un futuro no muy lejano alguien devuelva a los medios de comunicación la posición que realmente se merecen.