Imperfectos (y orgullosos de serlo)

Siempre llego tarde a todas partes. Tengo miedo a cosas a las que no debería temer (por ejemplo a las arañas). No me gustan las espinacas y no las como jamás de los jamases. Me encanta hablar de lo que ha pasado en el día cuando me meto en la cama, por lo que habitualmente acabo hablando sola entre ronquidos de mi pareja. Hablo mucho, mucho, mucho. Algunos días tengo mejor humor que otros, unas mañanas más sueño que otras, tengo días con mucha energía y algunos en los que me limito a arrastrarme hasta el día siguiente.

A mi hijo mayor le dan miedo los perros que ladran. No he conseguido que ninguno de los dos coma jamás judías verdes ni ensalada. Algunas noches caen rendidos y otras pasan una hora saltando de una cama a otra por mucho que les riño. El mayor no calla ni debajo de agua, hasta volvernos locos. El pequeño aún está por comprobar. Trepan, saltan, corren, abren cajones, sacan todos los juguetes por el suelo y al segundo se van a otra habitación. Se enrabietan. Son muy cabezotas.

Nos gusta echar carreras por la acera cuando salimos a comprar (así llegamos antes jeje). Antes de comenzar un juego nuevo o sentarnos a cenar recogemos todo lo que han desordenado, sin excepción, incluso el pequeño. Comen de todo (excepto ensalada), les encanta la fruta, los guisos, y el mayor prefiere comer pescado a cualquier otra cosa. Los juguetes no son de uno o de otro, son para jugar, y jugar sólo es muy aburrido. Antes de salir de casa el mayor se lava solo los dientes. Si les pido algo por favor, aceptan. Si les explico por qué hay que hacer tal o cual cosa en ese preciso momento, aunque suponga dejar de lado lo que están haciendo, lo habitual es que hagan caso sin peleas. Hablamos, explicamos las cosas, pedimos por favor y perdón.

Vía Pinterest

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Es difícil. Los padres tenemos nuestros horarios, nuestras obligaciones, nuestro estrés, y los hijos tienen su propio ritmo que no suele encajar con el nuestro. Van más despacio, se entretienen con cualquier cosa, hacen que tardemos más. Pero no es su culpa. Los niños son niños. Personas con sus gustos, sus preferencias, sus necesidades. Sus días buenos y no tan buenos. Es difícil agacharse a su altura y tratar de entender qué pasa por su cabeza cuando llora sin razón… o no, en realidad es fácil. Y bueno, para ellos y para nosotros. Los niños necesitan normas, rutinas, aprender a tener paciencia, a ser educados, a comer de todo, pero también necesitan ser libres, explorar y experimentar, que dejemos un ratito el móvil a un lado y nos sentemos en el suelo a construir un castillo con los legos.

Mis hijos no son perfectos ni es lo que quiero, porque sus padres tampoco lo somos. Les grito más de lo que me gustaría, hay días mejores y peores, pero aquí con que todos seamos felices nos basta.

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