Todo el mundo tiene derecho a opinar…

… pero a veces el sentido común debería decirles que se quedasen calladitos. 

No hay mejor tema del que opinar que de cómo crian otros a sus hijos, eso es indiscutible. Pero si ya es delicado cuando lo hacen detrás de los afectados, lo sangrante es cuando tu opinión se la exponen directamente a ellos, se la hayan pedido o no. Y por supuesto no es una opinión, es que las cosas son tal y como te dicen. No discutas. 

Este fin de semana he tenido varias conversaciones sobre la maternidad con personas y en entornos muy diferentes. La primera fue mientras me arreglaba las uñas, con dos madres más, ambas en la treintena pero una con una niña pequeña y otra con una pre-adolescente. La charla, que empezó sobre cómo han cambiado las cosas desde que nosotras éramos pequeñas y nos dejaban ir solas a todas partes, terminó con la conclusión de que las que aún creemos en la importancia de darles independencia a nuestros hijos, que sean autónomos y no sobreprotegerlos, luchamos contracorriente y bajo la mirada acusadora de las demás. Una de las madres dijo que cuando quiere criar de forma diferente a como te mandan al final la presión de grupo te obliga a volver al redil. Triste pero cierto.

Yo, convencida de que por suerte no tengo a mi alrededor un grupo que me obligue a criar e ninguna manera y que por tanto lo hago como me place, me encontré en la cena con que la presión puede venir de cualquier parte.

En mi mesa para cenar durante la boda del sábado volvió a salir el tema de los hijos, quizá porque estaba allí mi peque presente y dormido. No nos gusta mentir acerca de cómo hacemos las cosas porque creemos de verdad en lo que hacemos, así que cuando una invitada a la que no había visto jamás nos pregunta qué tal duerme el pequeño nosotros l decimos que genial porque duerme con nosotros. Le cambió la cara y, eso sí con una sonrisa de “yo no digo nada pero…” nos advirtió de que lo que hacíamos era muy peligroso. Así, con esas palabras. Peligroso. Según ella porque el hijo de un familiar había dormido desde el principio con sus padres y llegados los tres años no quería irse de la cama y no dejaba a sus padres dormir tranquilos, lo cual era muy molesto porque “llega un momento que no puedes ni abrazar a tu marido por la noche”. Ella, para evitar eso, pasó a su hija a otra habitación antes del año. Ahí dejé el tema y pasamos a hablar del cigarro electrónico que llevaba en la mano. 

Nunca llegaré a entender porqué a la gente le da tanto miedo el colecho, porqué es tan importante dormir sola con tu marido ni de dónde han sacado la idea de que un bebé indefenso tiene que aprender a dormir sólo cuando ni siquiera sabe dónde tiene la nariz. 

A mí, llamadme rara, me gusta despertarme y ver a mi hijo sonriéndome desde la almohada, me gusta cuando se remueve por la noche y viene buscándome para acurrucarse, y tengo mucho tiempo el resto del día para abrazar a Papá Oso, no necesito que sea por las noches. ¿Alguien cree de verdad que mi hijo seguirá durmiendo con nosotros para cuando haga la comunión? Yo, de corazón, sé que no. Pero cualquier se los explica a los demás. 

 

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