Súper-poderes de papas

Al bicho le está saliendo la segunda pala de abajo, apenas una semana después de la primera. La fiebre de hace unos días se fue tal y como vino, aunque ahora me ha dejado al peque llenito de mocos y rabioso por morderlo todo. Ya no puedo dejarle que me muerda el dedo porque cuando me pilla con el dientecillo fuera veo las estrellas.

A lo que iba, que después de este mes tan chulo que nos estamos pegando de malas noches y tardes laaaargas, que para colmo llueve y no podemos salir al parque a ver a los niños correr, he decidido sacar el kit de súper-héroe, la capa y el antifaz que te dan con el carnet de padre y la cartilla de vacunación. Y haciendo uso de mis súper-poderes hoy voy a poder mantenerme en pie a pesar de llevar semanas sin dormir en condiciones, ni siquiera mal. A veces sin dormir a secas.

No a todos los padres nos tocan los mismos súper-poderes. Sería un aburrimiento y poco práctico, porque cada bicho requiere una actuación  personalizada. En nuestro caso, Papá Oso y yo hemos desarrollado:

  1. Dormir con los ojos abiertos. Muy práctico para los papis que colechan, porque sin despertarte del todo puedes atrapar al bicho que gatea por encima del nórdico, encontrar el chupete entre las sábanas, recolocarlo todo en posición de sueño y hala, a seguir. No estás dormido del todo, pero creo que eso del sueño profundo es un invento de las marcas de colchones.
  2. Repertorio infinito de muecas, voces y ruiditos graciosos y/o enervantes. Creo que este es común a todos los que tienen hijos, a veces  se extiende a abuelos, tíos, primos, etc.
  3.  Brazos de hierro y espalda irrompible. Al peque le pesa el culo, alrededor de los 9 kilazos, y según el día y lo pachucho que esté, lo único que le consuela son los brazos y que quien lo sostenga esté de pie. Ese debe ser un súper-poder de bebé, reconocer cuando quien te lleva se sienta, aunque el peque esté en el quinto sueño. Algo así como un sensor de altura que activa el llanto automáticamente. Un por culo, dicho muy mal y pronto. Además ahora que sabe coger las cosas, lanzarlas al suelo, y hacer el ruido de “oye, que se me ha caído, ¿me lo das?” Papá Oso y yo doblamos el espinazo del orden de medio millón de veces por hora para recoger juguetes varios o lo que pille a mano.
  4. Multiplicación de manos. Está bien, porque cuando te sientas en una cafetería con el bicho en brazos, tratas por todos los medios de que no caigan al suelo las tazas, las cucharas, el servilletero… pero al final no sirve para nada. Todo cae, todos se manchan, tú pides perdón al camarero veinte veces roja como un tomate, el bicho disfruta de lo lindo y hala, para casa.

 

Al final aún con todo esto la mayoría de los papis nos arrastramos durante el día entre una neblina somnolienta para hacer recados, trabajar, hacer la compra, jugar con el bicho y, si hay suerte, ver media película antes de derrumbarnos en la cama. Maravillosa rutina.

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