Ya está aquí, ya llegó… el primer diente

Después de una semana de noches infernales, de despertares cada veinte minutos y eternos paseos tarareando “Soft kitty” (algo friki pero a él le gusta), al fin podemos verlo y sentirlo al morder. El primer diente. Todavía le molesta a pesar de que ha roto la encía, pero esta noche ha dormido casi del tirón. He leído por alguna parte que a esta edad están adoptando nuevas etapas del sueño y de ahí el millón de despertares, pero que una vez que las aprenden vuelven a su rutina de sueño habitual. Papá Oso y yo lo esperamos de corazón, sobre todo yo, porque hay días que ando por la casa como pollo sin cabeza.

El diente nuevo no nos cambia los hábitos de comidas, seguimos con el pollo y la ternera, los cereales, la fruta… vamos, lo normal. Sólo que ahora las galletas puede morderlas un poco cuando se cansa de chuperretearlas. Esta vez no hemos necesitado ni ibuprofeno ni geles para las encías ni nada de nada, sólo paciencia y café para los papis en dosis industriales.

Además estas semanas también está aprendiendo a gatear. (Oh Dios! ¡No estamos preparados! ¡Hay que quitar de ahí ese jarrón!) Y a ponerse de pie agarrado a la mesa de centro, aunque parezca increíble con siete meses. Pues el tío lo consigue mientras yo lo miro con los brazos preparados para rescatarle de una caída de cabeza. A veces lo miro y me digo eso tan manido de ¡hay que ver que rápido crecen!

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